
Manuel estaba triste y abatido. Ese revés de la vida no lo iba a poder superar nunca, o eso pensaba él, sentado en el mismo banco de siempre, con la Bahía de Cádiz respirando ahí al fondo como si no pasara nada, como si el mundo no se le hubiera roto por dentro.
Se había ido su mujer. Había sido su amiga y su amante, su compañera de risas y de lágrimas, su cómplice en cincuenta años de vida compartida y cinco hijos criados a fuerza de cariño y de trabajo. Rosario ‘Charito’, para los que la quisieron de verdad, se había marchado primero, dejándolo cojo y manco sin su presencia, como dicen los viejos del barrio de ‘La Viña’ cuando les falta la mitad del alma.
Antes de morir, le había «ordenado» salir a la calle, que no se quedara encerrado en casa como si ya fuera un abuelo acabado, que bajara a la plaza a ver jugar a los niños, que a ella le gustaba tanto verlos correr entre los ficus de Mora. Manuel cumplía su promesa cada tarde. Llegaba al mismo banco donde se sentaba con ella, en aquel jardín de la Alameda con vistas al mar que tanto habían querido los dos, y la añoraba con esa mezcla de pena y gracia que solo tienen los gaditanos, capaces de llorar por dentro y sonreír por fuera al mismo tiempo.
Esa mujer tierna y alegre que había sido su Charito, querida por toda la familia y por medio barrio, lo había dejado justo en el tramo final del camino.
Una tarde se sentó a su lado una anciana con un libro entre las manos. Se llamaba Mercedes y bajaba todas las tardes a ese misma Alameda a leer, con el viento de levante revolviéndole el pelo blanco. Conocía de vista a aquel señor y a su mujer, pero llevaba ya unos meses viéndolo solo, y se imaginó lo que había pasado. Decidió hacerle compañía y se acomodó junto a él.
—Oiga, ¿me podría decir el título del libro? Hoy cogí el primero que me salió de la estantería. Será releído de nuevo, fijo.
—Claro que no me importaría decírselo, señora, si llevara las gafas encima. Pero como no las llevo, pues mire usted, no se lo puedo decir.
A Mercedes le dio un ataque de risa que se oyó hasta la fuente, y le dijo que lo malo no era llegar a viejo, sino llegar con estos achaques… aunque, bien mirado, hasta divertido se hacía. Mercedes era una mujer vital, con una energía tremenda a pesar de sus ochenta y seis años y con un arte que ya lo quisieran muchos gaditanos de veinte.
—No vemos, no oímos, y como nos quitemos la dentadura postiza parecemos todos primos hermanos —reía Mercedes, con esa gracia que tiene la gente de Cádiz hasta para hablar de sus propias penas.
Manuel reía a carcajadas, sin saber muy bien si aquella buena mujer estaba un poco loca o simplemente había decidido vivir la vida con alegría, que buena falta le hacía a él aprender algo de eso.
Pasaron la tarde entera en el jardín. Ella le contaba sus peripecias al volante de su cochecito —porque ella conducía, sí señor—, y Manuel se moría de risa imaginándosela sin ver bien y sin oír bien, pero cogiendo el coche igualmente para ir a hacer sus recados. Ya no se acordaba de las señales de tráfico, la pobre, pero seguía saliendo despacito, «que así se evitan los accidentes», decía ella muy convencida, sin saber los sustos que habría dado por el camino con esa lentitud suya. Aquella tarde fue de las más agradables que Manuel recordaba en mucho tiempo, y volvió a sonreír de verdad, con esa sonrisa que hacía meses que no le salía de dentro.
Desde entonces, todas las tardes se esperaban el uno al otro para contarse sus batallas de la mañana, sus quehaceres del día, sus lástimas de achaques y enfermedades. Mercedes se reía muchísimo, siempre, de todo. Era una gran mujer, divertida como pocas, y Manuel estaba encantado de tenerla cerca, porque con ella la pérdida de su Charito se hacía un poquito más llevadera. Bajaba cada tarde a ese jardín de la Alameda con la ilusión de encontrarla, de escuchar sus batallitas, de reírse un rato de la vida.
Pero llegó un día de invierno en que Manuel no se presentó a la cita. Ni al día siguiente. Ni al otro. Mercedes pasó unas semanas muy tristes, porque le había cogido un cariño verdadero a aquel hombre. Lo esperó un mes entero sin ningún resultado, y pensó lo peor. Entonces miró al frente, vio lo que había, y se acercó despacito a un ancianito que estaba sentado solo en un banco.
—Caballero… ¿me podría decir el título del libro? Hoy cogí el primero que me salió de la estantería. Será releído de nuevo.
Todos tenemos un ángel detrás de nosotros. Nuestra misión es encontrarlo…
Javier Taboas.
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