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El secreto del sentido de la orientación de las palomas mensajeras estaba en el hígado, no en la cabeza

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Durante décadas, los biólogos han tratado de explicar cómo las palomas mensajeras son capaces de recorrer cientos de kilómetros y encontrar el camino de vuelta a casa. Las teorías más extendidas apuntaban a receptores lumínicos en los ojos o a partículas magnéticas alojadas en el pico, pero ninguna de ellas había conseguido demostrarse de forma sólida en el laboratorio.

Ahora, un equipo internacional de investigadores ha dado con una respuesta que nadie esperaba: el origen de la brújula interna de estas aves no está en la cabeza, sino en el hígado. El estudio, publicado esta semana en la revista Science, revela que el sentido magnético de las palomas depende de los macrófagos hepáticos, unas células del sistema inmunitario cuya función habitual es eliminar los glóbulos rojos envejecidos. Durante ese proceso acumulan grandes cantidades de hierro, lo que les otorga propiedades capaces de detectar el campo magnético terrestre. Christian Kurts, del Instituto de Medicina Molecular e Inmunología Experimental del Hospital Universitario de Bonn y uno de los responsables del trabajo, reconoce que el hallazgo desafía por completo lo que se daba por sentado: nadie imaginaba que unas células del sistema inmunitario pudieran funcionar como sensores magnéticos.

Un hallazgo que empezó por descarte

El equipo, formado por inmunólogos de la Universidad de Bonn, físicos de la Universidad de Duisburgo-Essen y ornitólogos del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, empleó técnicas de magnetometría de muestra vibrante y separación celular magnética para localizar las células responsables de esta capacidad. Tras descartar los órganos habitualmente señalados —ojos, pico y cerebro—, los científicos centraron su atención en el bazo y el hígado, dos órganos que ya despertaban sospechas por su papel en el almacenamiento de hierro. Clivia Lisowski, primera autora del estudio e investigadora de la Universidad de Bonn, explica que existían indicios previos de que ambos órganos podían tener propiedades magnéticas, precisamente por su función en la descomposición de los glóbulos rojos.

Los resultados confirmaron que el hígado concentraba, muy por encima del resto de tejidos analizados, la mayor cantidad de hierro. Ulf Wiedwald, de la Universidad de Duisburgo-Essen, detalla que ese hierro se organiza en forma de nanopartículas de óxido, lo que convierte a estas células en superparamagnéticas y extremadamente sensibles a los campos magnéticos. Los posteriores análisis moleculares señalaron directamente a los macrófagos hepáticos como los verdaderos protagonistas del fenómeno.

La prueba de vuelo

Para confirmar si estas células eran realmente decisivas en la navegación, los investigadores llevaron a cabo experimentos con palomas entrenadas para regresar a sus palomares en Konstanz (Alemania) desde puntos situados a más de 20 kilómetros de distancia.

Al eliminar selectivamente los macrófagos hepáticos de las aves, estas perdieron por completo la capacidad de orientarse en los días nublados, cuando no podían guiarse por el sol. En cambio, en jornadas de cielo despejado volvieron a casa sin ninguna dificultad, apoyándose en las referencias solares. Martin Wikelski, director del MPI-AB y coautor del estudio, resume el hallazgo señalando que lo que parecía un instinto casi visceral en la navegación de las aves tiene, en realidad, una explicación física concreta.

Mediante microscopía electrónica, el equipo comprobó además que estos macrófagos ricos en hierro se localizan junto a fibras nerviosas, lo que apunta a la existencia de una vía directa por la que la información magnética viajaría desde el hígado hasta el cerebro.

Según Lisowski, estos resultados constituyen la primera evidencia concreta de cómo se percibe el campo magnético terrestre en el interior del cuerpo y de cómo esa información se transmite al cerebro para guiar el movimiento. El hallazgo no solo obliga a reescribir parte de lo que se sabía sobre la biología de las aves, sino que también abre una nueva línea de investigación: comprobar si otros animales capaces de orientarse sin referencias visuales claras, como los tiburones, e incluso los propios seres humanos, comparten este mismo mecanismo de percepción magnética basado en el hierro.

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