Foto: Nacho Frade.

Las Puertas de Tierra se convirtieron anoche en un lienzo gigante para contar la historia de Cádiz con agua y fuego. Con el espectáculo ‘Utraque Unum, la unión de los cuatro continentes’ concluyó oficialmente la programación del Emporio del Orbe, que cerró así la tercera edición de ‘Orgullos@s de nuestra historia’ a la altura de las expectativas, tras los precedentes de ‘Gadir Fenicia’ y ‘Gades Romana’.
El montaje, elegante, expresivo y artístico, dio especial protagonismo al baile contemporáneo y a las acrobacias. Artistas y actores realizaron piruetas suspendidos en el aire, sujetos a una grúa, casi a la altura de las murallas. Si el año pasado ‘Foedus, Gaditanorum’ obligaba al público a girar el cuello de un lado a otro, esta vez las cervicales fueron las más castigadas. El narrador, Kiko Butrón, declamó desde lo alto de una de las plataformas instaladas para la ocasión. Esa disposición permitió que el espectáculo se viera bien desde todos los puntos.
Una Cuesta de las Calesas abarrotada
La afluencia fue masiva. Casi una hora antes del inicio, a las 21:15, la Cuesta de las Calesas estaba ya repleta y era casi imposible transitar por su parte más alta. Por las Murallas de San Roque la imagen era similar, aunque con algo más de espacio. La función arrancó con unos veinte minutos de retraso, cuando se apagaron las luces y se hizo el silencio.
De 1492 a los puertos del Emporio
El relato comenzó con el descubrimiento de América en 1492. Sobre el escenario apareció una enorme luna de cuyo interior emergió un acróbata vestido de negro, que representaba al Viejo Mundo. Sus movimientos dieron forma a una figura que despertaba hasta encontrarse con otro cuerpo, vestido de blanco, que simbolizaba el Nuevo Mundo. Ambos terminaron dándose la mano, y Cádiz quedó como la puerta desde la que asomarse a un pasado que ayuda a entender el presente y el futuro. Esa mirada se prolongó durante más de hora y media.
Después cambió el ritmo y el color de la escena con la compañía de danza contemporánea IVONA, liderada por el coreógrafo y bailarín internacional Pablo Girolami, que representó a los pueblos originarios. Todos los bailarines eran gaditanos salvo seis integrantes de la propia compañía. Su expresividad fue, posiblemente, uno de los mejores momentos de la noche.
La historia siguió con el capítulo en que Cádiz fue punto de unión de Asia, África, América y Europa. Varios niños que representaban el agua de los 23 puertos marítimos más gloriosos del Emporio del Orbe vertieron simbólicamente sus recipientes en una especie de pecera gigante. A continuación, el coro y Las Mónicas recrearon en clave de musical el ritmo y la vida del Puerto de Cádiz de aquella época.
El flamenco, en lo alto de las murallas
Fue una de las pocas ocasiones en que el público tuvo que bajar la vista del cielo, ya que las propias murallas sirvieron de escenario improvisado. Allí actuaron, por separado, el guitarrista Carlos Cortés Bustamante y la cantaora Encarna Anillo, esta última sin acompañamiento musical. Ambos, sobrios y elegantes, completaron con su arte el ambiente de una noche que Cádiz vivió con orgullo por su historia.
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