
Moscú ha trasladado formalmente a la Alianza Atlántica un documento en el que advierte de que podría desplegar su arsenal militar, incluidas armas nucleares, si se produjera un ataque de los países aliados contra suelo ruso. La comunicación llega en un contexto marcado por incidentes híbridos recientes —sobre todo con drones— atribuidos a Moscú en países como Polonia, Rumanía o Lituania.
La OTAN no tardó en reaccionar. Según su portavoz, Allison Hart, la organización ya ha remitido una respuesta oficial al Kremlin en la que rechaza de plano cualquier interpretación de sus actividades como una amenaza. La Alianza reitera que se trata de «una alianza defensiva» cuyas maniobras «no suponen un riesgo para ninguna parte de Rusia».
En su réplica, los aliados condenaron con dureza la postura rusa, mostrando un rechazo «enérgico» a «la amenaza del uso de la fuerza, incluida cualquier retórica nuclear irresponsable», y volvieron a exigir el cese inmediato de la invasión de Ucrania, si bien la vía diplomática sigue sin arrojar avances concretos.
Hart enmarcó además la reciente actividad rusa dentro de una estrategia de presión, calificando el recurso a tácticas híbridas como «un signo de desesperación» que, aseguró, no hará que la Alianza reduzca su respaldo a Kiev. La portavoz subrayó la capacidad de la organización para proteger «cada centímetro» de su territorio, afirmando: «Seguimos siendo fuertes, estamos preparados y somos capaces de hacer frente a cualquier amenaza».
El episodio se produce en el marco de la doctrina de disuasión estratégica que Rusia reformuló en 2024, cuando amplió los escenarios que podrían activar una respuesta nuclear, en lo que las autoridades rusas definieron como una «corrección» de sus enfoques previos.
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